Fue el jueves, Ana estaba muy entusiasmada porque iniciaría Gimnasia Formativa en la Liga. Días antes habíamos ido a ver desde las gradas de qué se trataba de donde salió un "estoy segurísima mamá, quiero entrar a Gimnasia".
Para mí, era algo así como un terrible jueves, aún no aprendo a dejar que el mundo se caiga si así debe ser. Ana salía a las 3 del colegio, a las 3 empezaba la clase de Gimnasia, de 3 a 5 (pero como me creo la mujer maravilla, no ví el lío).
Un par de horas antes de salir por Ana me escribieron para decirme que tenía una reunión (urgente) a las 5:00 pm a más o menos medía hora del Estadio... sin mencionar que era un día laboral como cualquier otro, ¡debía estar en la oficina de 8-5!
Sin planear muy bien cómo iba a sortear el asunto, salí a las 2:45 por Ana, la recogí y en ese instante me di cuenta de que el nivel de gasolina no me iba a dar para salir a las 5 disparada para la reunión. Así que, no hubo opción, tocó tanquear antes de llegar a la clase. Ana mientras tanto atrás se cambiaba de ropa y se comía el algo sin respirar mucho.
Cuando llegamos a la liga, eran las 3:23, la puerta ya había cerrado, yo no quería ver la cara de Ana, fui corriendo a la recepción en dónde me dijeron: mamá recuerda que el ingreso es hasta las 3:20 :(.
No obstante y en medio del sudor y el agite, nos abrieron. La cara de Ana se iluminó como pocas veces, no lo podía creer, al fín había llegado el día. Salió corriendo a toda prisa por la rampa de la Liga de Gimnasia y yo respiré profundo, aliviada de sacar mi mujer maravilla avante. Sin embargo, el alivio duro poco, en cuestión de segundos miré cómo corría Ana y crucé los dedos porque ví venir lo inevitable, y claro, no hubo forma, suaz, cayó de narices y frente contra el asfalto.
Pocas veces antes me he sentido tan culpable en mi rol de madre, pensaba en la reunión, en la gasolina, en la hora de entrada, en el algo, en la oficina... todo eso lo valía? valía el estrés que había logrado transmitir a mi hija? valía frustrar su anhelado primer día de clase?.
Salí corriendo a cogerla del suelo, yo hacía un gran esfuerzo por no llorar, por no terminarla de embriagar con mi frustración, pero mis lágrimas no lograron esconderse, cuando ella, con un colorado en la frente y las lagrimas rodando por sus mejillas, me saca uno de esos argumentos que me desencajan: "mamá, es que estaba muy feliz".